Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

marzo 10, 2003

Una mentira

Mentir es muy difícil. Requiere de elaborados procesos de organización mental en donde se mueven piezas y se cambian otras para reordenar la verdad. No debe quedar ningún hueco ni fisura.

Si esto se ve terrible, así escrito, pues hacerlo implica estrategia, imaginación, y hasta conocimiento del terreno en que se pisa cuando se va a mentir. Tiene mucho de arte. Es necesaria la exactitud de una ciencia. Requiere de mucha maña.

Las mentiras que me han dicho son absolutamente ridículas y hasta me da pena mencionarlas. No son elaboradas ni siquiera parecen que pasaron por el filtro del cerebro. Odio eso. Saber que me están mintiendo y descubrirlo en el momento me parece ofensivo, insultante y mamila. Como una vez cuando el hombre al bate (el novio en turno) me llamó diciendo que estaba en un lugar y el número correspondía a otro sitio. Vi el número en el identificador de llamadas.

Ya nadie tiene la decencia de decir una buena mentira. La gente se vuelve ordinaria y recurre a lugares comunes para salvar una situación.

Durante la borrachera del 14 de febrero he recopilado una serie de frases gastadísimas y sobadas: las mentiras femeninas que son lugares comunes. Las apunté. Yo aporté unas cuantas, que no muchas, ya que los demás sí estaban muy ebrios y yo no. Estaba tomando medicinas, claro.

Las mentiras que me parecen de una ordinariez tremenda son las que inician con: nunca y siempre. “Nunca lo había sentido así”, “nunca había venido a un motel”, “nunca había visto algo igual”, “nunca nadie me lo había hecho así”, “nunca había hecho eso con otro”, “nunca te olvidaré” (“siempre te recordaré”). Una buenísima con nunca: “¿por ahí?, ¡nunca!...et cetera. “Siempre te esperaré”, “siempre pienso en ti”, “siempre te amaré”...Cursis.

Los pretextos son una delicia, pero me resultan chocantes ya que han corrido la tediosa línea del lugar común: “hoy no porque traigo la regla”, “me duele la cabeza”, “no gracias, no tengo hambre”.

Una aportación enorme del hombre a la mujer es la gran cantidad de mentiras, que gracias al progreso laboral y económico se pueden aplicar también al inventario femenino de falacias: “tuve una junta del trabajo” (cuidado: jamás decir esta frase si no se ha retocado el lipstick antes de entrar a casa), “me tomé un par de tragos con mis amigas” (procurar traer el brassiere puesto cuando se estén pronunciando estas palabras y de preferencia, no traer en la mano un vaso o un caballito tequilero), “me tuve que quedar a trabajar horas extras” (si a esa sentencia viene la cuestión “¿y por qué vienes recién bañada?” eres realmente tonta). Una humilde aportación de mi parte, una tejedora de mentiras muy modesta, la verdad:


“Voy a llevar a la niña a una piñata”.

“Iré este fin de semana a ver a mis papás”.

“No eres tú, ni soy yo. Estoy confundida”.

“Lo conozco desde la secundaria y es gay”.

“Tengo una junta de trabajo el domingo en la mañana” (en su tiempo, alguien la creyó).


Y quizás la más grande de todas las mentiras y que ahora me condena en cierta forma a la honestidad es: “¿sabes qué?, siempre se me ha dificultado decir mentiras. Se me nota de inmediato cuando no digo la verdad”. 10-Mar-03