Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

abril 21, 2003

Ni creas que te veré en el desayuno

Este es un caso real y no traten de ver en su compañera de al lado a la protagonista de la historia. Ni en mí misma. Simplemente es una fábula (involucra a un primate) y aprendamos.
Una mujer salió de parranda con unas amigas la noche del sábado a una voraz cantina que tenía fama de tres cosas: la cerveza estaba más barata que en los bares fashion, resultaba ser el lugar más céntrico y un excelente punto de encuentro para comenzar la noche y era una especie de arca de Noé: nadie salía de ahí sin pareja.
Todos los pronósticos se cumplieron: mucha cerveza cuyo consumo no menguaba la cuota de la renta del próximo mes, todas llegaron sin la menor dificultad y a la media hora de haber llegado ya la andaban rondando dos que tres potenciales camazos. Lo que restaba era dejarse querer, beber y escoger al que el ánimo alcohólico encontrara más bonito o menos imbécil.
Ella no atinaba a seleccionar. Tipo número uno lucía bien, pero se rascaba mucho por allá, así que era un mal presagio: toda una civilización entera podría vivir alrededor de sus genitales y ella no quería tener la propia. Tipo número dos: guapo, voz maravillosa, cuerpo mordisqueable, pero se dedicaba a dar cursos de motivación personal. En una carrera rápida al baño ella se olvidó del Señor Rasquito y de Carlos Cuauhtémoc Sánchez: se encontró al señor piel-color-olivo-cuerpo-de-bombero-de- Nueva York (antes del 11-S). Un tercero en la competencia, que sin mucho pujar, ganó. Se gustan, se besuquean, salen sin despedirse de nadie.
Trastabilleando llegan al carro de ella. Se dirigen a casa de ella que es la más cercana. Se van desvistiendo en el trayecto mientras se tocan y se besan. Y lo que sigue, es como sigue: sexo torpe, violento en ocasiones, lleno de palabras obscenas motivadas por una etílica elocuencia, y cuando ellase para al baño encuentra al otro de regreso tirado en la cama desnudo (a) con el rostro completamente relajado, o sea babeando las sábanas de ella.
Por la mañana ésta es la escena: él ya no babea las sábanas, más bien duerme sobre un charco de baba cristalizada. Ella despierta sintiéndose Drácula amanecido en las Bahamas.
Luego el vértigo. La boca que esconde una lengua casi sangrante de lo seca. Huele a vómito. El primate babeante se vomitó en el edredón. Tras recuperar el funcionamiento correcto de los signos vitales viene la pregunta: ¿quién es ese bulto?
El casi inanimado y guacareante primate duerme hasta las doce como si estuviera en su casa. Ella sigue preguntándose: ¿quién es ese bulto? El despierta con la fresca del mediodía, te dice hola, pregunta que si tienes algo de tomar, se baña y cuando está más compuesto se pone a platicar. Cuando ve que ella solamente le hace caso a la televisión, se va. Pero deja olvidadas las llaves.
Trivia: ¿cuáles fueron los errores de ella en este relato? El rosario de pifias inicia en el bar. Demasiado alcohol. Además ya visto bien por la mañana, no era color olivo y de bombero no tenía nada. Eso, aunado a que usaba boxers shorts estampados con dibujos animados y traía un collar muy autóctono.
Además su elección digamos fue producto del precalentamiento de los otros dos que la rondaron desde el principio. El alcohol en demasía aletarga el sentido del gusto, pero por lo visto también el del buen gusto.
Otra pregunta, ¿por qué se van a casa de la interfecta? He conocido ciudades con más moteles que tiendas de conveniencia. Además, ¿no es mejor que cada quien lleve su coche? Así cuando tuviera que sacarlo de su casa, ella no cargaría en su conciencia con un borracho asaltado a media cuadra.
Pero el maximus, el error de primaria es: ¿por qué lo dejó dormir en su casa? Aquí se cumple el sabio consejo de las abuelas: el hombre llega hasta donde la mujer lo deja. Si ella no tose, da portazos, y deja caer ollas, el individuo se queda dos semanas a vivir y todo por un camazo de fin de semana. Moralejas de esta fábula: el camazo es de quien lo trabaja, el alcohol es el mejor compañero, pero el peor consejero a la hora del ligue.
Y como nadie ha preguntado qué pasó con las llaves que el tipo dejó olvidadas, como epílogo agregaré que ni ella pudo entregárselas ni él tampoco atinó a recordar en donde había estado ni con quien: hasta la fecha el la recuerda como la vieja calenturienta que levantó en un bar y para ella es el tipo de los boxers ridículos. Así sin nombres. (21-Abr-03)