Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

mayo 21, 2003

Hombre perfecto

No hay hombre perfecto, no hay Como el que buscaste en mí, Perfecta es la lluvia que cae, Y no lo que habrás de elegir
Marco Antonio Solís, El Buki


Acabo de ver la serie de televisión "Bachelor", que terminó recientemente; al menos en México, en donde Alex, (31 años, graduado de Harvard, bonito, con cara de “me masturbo a diario”) eligió a Amanda (23 años, matrimonio anulado, dos neuronas en la cabeza que pelean por ver cuál de las dos hará el trabajo pesado). Se enamoraron y pretenden, en esta era furiosa de divorcios a la moda, vivir juntos y felices para siempre.
Alex tenía que escoger a su princesa entre 25 mujeres. Debo reconocer que yo le iba a Trista, la segunda en la final: más inteligente, en extremo hot y menos ñoña. Amanda la ganadora, sólo atinaba a pensar en los nombres de sus futuros críos y en su operación de tetas.
Pero al acercarse el final de la serie pensé: ¿por qué nadie se enamora del hombre perfecto en condiciones normales?, ¿es preciso exhibirse en la tele para encontrar a alguien que quizás en la cotidianeidad escupe, se hurga la nariz y echa gases cuando se afloja bajo las sábanas?
Ir a un reality show a conocer a la pareja ideal me parece:
a) Un acto de desesperación. b) Demasiado tiempo libre. c) Una forma perversa de autoflagelarse. Lo cual puede ser cachondo. d) Una manera bizarra de decir: soy patética(o).
Pero cuando me cuestioné ¿para qué ir a un reality show a conocer al hombre perfecto en vez de hacerlo en condiciones normales?, me contesté: ¿cuáles son las condiciones normales?
Cuando a mí me atropelló el hombre perfecto fue a través de la radio. ¡Qué patético! Y peor aún, era locutor. Para terminar de cerrar el cuadro yo tenía novio, es decir, no necesitaba a otro y mucho menos aspirar que fuera la perfección encarnada.
Esta fue la escena. Un sábado de hace muchos años fui al cine en el carro de mi entonces novio. Acabó la película a medianoche, llegué a casa y prendí el radio. Escuché a un individuo que decía el fragmento de un poema y pensé: “qué cursi, pero qué voz tan maravillosa” (Ash, debo reconocer que el poema también me gustó).
Llamé a la estación y le dije: “¿quién eres?” El me contestó: “Soy Tal (omito nombres para proteger un sagrado matrimonio)... “¿Por qué no vienes para conocernos?”. Eran las 12 de la noche y yo tenía un carro con el cual podía ir a donde me diera la gana.
Fui a la estación, nos conocimos, tomamos café en restaurante que abría las 24 horas y terminamos de conversar como a las nueve de la mañana de ese domingo. Al día siguiente, mi novio el del carro, recibió las llaves de su vehículo y terminé con él.
Lo que siguió en la historia con el hombre de la radio es una mezcla entre un paseo de tres años en una montaña rusa a toda velocidad y una estancia apacible cerca del mar. Luego se acabó con una escena igual de triste a la que recrea la muerte de la mamá de Bambi.
La penúltima vez que lo vi, llegó borracho a mi casa a anunciarme que yo era la mujer de su vida. El hombre de la radio esperó afuera de mi casa a que estuviera sola para ir a moverme el tapete. Yo ya tenía otra pareja. Me llevó un regalo: unos aretes pequeños (porque decía que los aretes grandes son para mujeres histéricas).
La última vez que se cruzó en mi camino, fue la despedida. El hombre perfecto se alejó de la mujer de su vida y ya no es terrible para ninguno de los dos pensar en lo difícil que resulta existir el uno sin el otro. En fin, siempre queda una última esperanza para el amor trunco, aunque sea la de una próxima reencarnación... y coincidir.
Pero esas fueron las “condiciones normales” para mí. Bastante simples. He conocido una enorme cantidad de gente que ha encontrado a su amor perfecto en una parada de autobús (amor proletario). A través de internet (cíberamor), mediante citas a ciegas (amor temerario), en un camazo etílico (amor extraviado), o los más peligrosos: en la pareja de una amiga, amigo o pariente (amor de nota roja).
El amor que nace en un reality show puede sonar de lo más plástico y forzado. Pero existe esa posibilidad. Los ojos y corazón expectantes, son una habilidad dormida en el ser humano que siempre espera, aunque no lo reconozca, quien lo ame: somos hijos bastardos del romance y de la cursilería.
Solamente hay que aguardar a que la voz que se escucha sea la correcta. El final de los cuentos de hadas es: se enamoraron y vivieron juntos y felices para siempre. El gordo de panza cervecera y la mujer con cara de mal fornicio por las mañanas en que se convierten príncipe y princesa, son la continuación del final feliz. (Miércoles 21 de mayo)

Respuestas a emails:
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Raúl, de yahoo.es: Sé amable y usa un lubricante de agua. En el sexo es precisa la cortesía también.
Martín Cruz, latinmail: El tamaño no importa. ¡Que no te haga menos esa mujer!