Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

mayo 05, 2003

P. ¿Dónde te pongo la censura mi vida? R: Donde tú quieras mi rey...

Brevemente les embarro la noticia: a mi columna le pusieron los taches la Santa Inquisición de la censura. Este espacio seguirá aquí en El Patíbulo hasta que nuestro editor, jefe, gurú y principal madreador, Ricardo Cucamonga, quiera darme una patada en mi hermoso y suculento trasero.
Abundaría en el tema de la censura pero la verdad es que aquí señores y señoras, lo que vende es el sexo, por lo tanto sexo tendremos.
Después de tanto dedicarme a la filosofía de Eros, de leer, de investigar y practicar claro, como ser humano que ama a la especie, me he dado cuenta de que todo el mundo nos creemos expertos en sexo, ¡hasta los curas!
Intentamos que brille y sobresalga nuestra capacidad de ostentarnos como unas meras piolas en el asunto sexual. Sea la mujer que ya nomás porque se compró su primer consolador es muy progre o el recién desvirgado que se siente samurai con sable desenvainado, cada uno presume, se jacta, enuncia chistes de doble sentido y hasta da consejos.
Pero en este dilema hay una clara diferencia: en los hombres es más notorio.
Tenemos al “gigoló, alguien haga algo para detenerlo”: siempre liga, con todas se ha acostado, cada mujer de este planeta quiere con él, ni el mataratas le baja la líbido, dura horas en firme haciéndolo, nunca se cansa, se sabe todos los trucos kamasutrianos al grado que una dice: ¿y por qué éste no es el Dalai Lama? ¿Será el profeta que el mundo esperaba? ¿Deberían darle el Nobel por revolucionar el acto sexual?
Pero también está el “me quieren, me desean las viejas, pero para qué presumir...” Este es de mis preferidos, es un hombre modesto que pide a gritos que alguien lo descubra. Si hubiera una Academia (como esa cosa en donde cantan puros freaks) que midiera la capacidad sexual, él concursaría, “por no dejar”. Jamás para de jactarse. Relata con toda naturalidad que: “sí, he tenido mis aventuras..”. Punto. No abunda. Pero permanece tras el silencio con la expresión de: “no-quieres–que–te-cuente -más-para-que-te-impresione-con-las-cosas-que-no-te-puedo- decir-directamente-porque-quiero-parecer-un-caballero”. Es un falso indiferente que trata de impresionar jugando al misterioso. ¡Qué hueva!
Las mujeres cojeamos de la misma pata, la rifamos en ese sentido. Cada vez más, los espacios y las mentes se abren para que todas expresemos nuestra sexualidad hasta donde el pudor o el alcohol nos deje. También tengo dos categorías al respecto.
Tenemos a las que hablan de sexo con cierta mesura, son pudorosas, pero no al grado de flagelarse si hicieron un comentario sobre el tema. Generalmente están casadas (y aburridas) y eso, no solamente les da autoridad para pontificar acerca del acto amoroso y las acrobacias que éste implica, sino que la ley y a quien llaman Dios, les ha dado la bendición para que hablen de eso con toda la libertad del mundo. Faltaba más.
Hay alguna que otra loca soltera que se avienta al ruedo y dice: sí y qué, me gustó mucho y mañana va a ser otro diferente. Y al de ayer le hice... Y por lo general aquí viene una lista de cosas exageradamente abultadas. Todas son expertas en satisfacción masculina (o femenina, qué más da), tienen un oráculo que les predice que el hombre a quien se van a encamar es un semental de aquellos que no veas, a quien dejaron en calidad de estropajo para lavar el inodoro tras el encontronazo. (¿Quién te pagó para matarme?, les dicen al final del acto, según ellas).
Por otra parte, tenemos a las viejas que escriben columnas sobre sexo. Esas son las peores. Creen que tienen la verdad en sus pecadoras manos. Lo cierto es que muchas de ellas, nomás lo hacen en cuatro posiciones. La cuarta posición siempre es un sacrificio y lo hacen porque quieren pasar por muy open. Al final del orgasmo en vez de ¡ah, ah, ah! es ¡ouch, ouch, ouch! Aconsejan a todo mundo, opinan como autoridades sobre: masturbación, orgasmo, frigidez (saludos por cierto, a una amiga que vive en el DF), tamaño de penes, diálogos de vaginas, uniformes de policías, hacen listas, tests ridículos y actúan con impunidad, pese a que sus madres les advirtieron de niñas que no escribieran de cosas que no saben.
En esta categoría entran las sexólogas, que ahí no me meto, ya que ellas sí saben cómo y por dónde. Para eso estudiaron y afortunadamente la mayoría de quienes escriben sobre el tema lo hace de forma respetuosa y consciente de la importancia que tiene el sexo para todos. Hasta para los curas.
Por ello si nos queremos aventurar a una opinión sobre ese delicado tema, a jactarnos, a ponernos sacos que no nos quedan o simplemente la hociconez es el pretexto para ponerle salsa al tamal, yo digo... pues cada quién.
PD: Respuesta de la semana a atento email de Ramiro Sarabia: la prostitución es uno de los oficios más antiguos del mundo, de hecho. Los sumerios en el cuarto milenio antes de Cristo tenían un templo-burdel en la ciudad de Uruk. Se llamaba kakum y estaba dedicado a Ishtar, una diosa de pésima reputación. Pero finalmente era un templo y se combinaban dos de las pasiones que enloquecen al ser humano: la religión y el sexo. (Checar Historia de los burdeles de Emmet Murphy en la colección Biblioteca Erótica). (lunes 5 de mayo)