Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

mayo 12, 2003

¿Ya te colgaste la etiqueta?

Antes de que se suelten los chilleteos de algunos lectores que me reclaman maltrato hacia los hombres en esta columna, debo hacer una aclaración: si este espacio existe es porque hay hombres maravillosos y también despojos humanos con pene. Eso no quiere decir que todos sean nefastos. También hay mujeres divinas y otras que merecen el bigote que les crece, así como esa grasa localizada que se posiciona de esa deformidad, que algunas llaman caderas.
Aquí se madrea y alaba a los seres humanos les gusten los hombres, las mujeres y hasta para quienes se cachondean con las plantas (¡Fitofilia! Eso sí es exótico).
Cuando era niña, hace una década más o menos, descubrí que mis barbies eran unas pirujas que se acostaban con los hombres de acción que mis hermanos me prestaban para jugar. De pronto tenían hijos y nunca supe exactamente de cuál de los hombres de acción provenían los bebés (En todo caso, en esa época no había preservativos para los muñecos. Ni tampoco la Barbie abortiva, cosa que hubiera ayudado en la sobrepoblación de juguetes de aquel entonces).
Mis barbies tampoco se casaron. Nunca tuvieron parejas estables y los monos que eran sus novios o amantes, siempre terminaban olvidados en un cajón. Ahora comprendo muchas cosas, claro.
Lo cierto es que las muñecas no fueron las novias de... o la esposa de... O la amante de... Invariablemente eran ellas mismas: teniendo hijos, yéndose de viaje con el mono nuevo que acababan de comprarle a mis hermanos, trabajando de doctoras, de granjeras, de bomberas o despreocupadas en la playa (en la pila de la lavandería).
Pero el mundo está lleno de especímenes femeninas que intentan reafirmar su lugar en esta vida siendo la pertenencia de alguien. Ser la novia, luego la esposa, con suerte la viuda (y más si tiene buen seguro o es rico el marido), pero invariablemente, la ex. La divorciada, la dejada, a la que le dieron una patada en el trasero porque el hombre se fue con otra o con otro.
Mis amigas feministas dirían estas cosas con mayor propiedad y con su denominación justa. Pero fuera de definiciones exactas, a la gran mayoría de las viejas les interesa ser una propiedad porque no soportan la idea de pasar una vida sin una etiqueta colgada que diga que pertenecen a otro ser humano (aunque no parezca humano).
No me atrevería a criticar la sagrada institución como el matrimonio, que ya está lo suficientemente protegido ya por la Iglesia y el Estado. Y cada quien... Pero, ¿por qué tiene que ser el fin último del amor el establecimiento de una pareja en un casamiento o en un amasiato?, ¿por qué muchas mujeres quieren ser propiedad de un hombre?, ¿por qué los hombres tienen que ser el fuego que arde y el viento que mueve todo y las mujeres debemos ser el agua estancada y la tierra para fertilizar? (Ash, se posesionó de mí el ánima de alguna escritora loca, perdón).
El escenario ideal sería un ente masculino que permita que una mujer sea todo lo que quiera ser sin tener que convertirse en sirvienta, administradora, manda faxes, cuida niños, la cosa gorda que tiene un huerco en la panza o la proveedora que los aguanta cuando ellos traen menos dinero a la casa y tienen un trabajo chafa. Pero mientras la inseguridad masculina les apriete los testículos, este escenario no será real.
Por ello la gran mayoría de las mujeres opta por ser la vaca marcada con el fierro de su ganadero.
La independencia femenina, vista ahora como una de las maldiciones de este y todos los siglos, es una especie de actitud antiorgásmica que asusta a los hombres y les ocasiona erecciones disfuncionales. A los más inseguros sobre todo.
Debido a esto, las mujeres emancipadas y autosuficientes, deciden seguir caminando dos pasos atrás de su pseudo-compañero para no hacerlo sentir menos y desarrollar el papel adecuado de su etiqueta.
Chance y con eso el hombre les va a cumplir en la cama religiosamente cada sábado en la posición de misionero y les regalará su orgasmo instantáneo (de él claro).
Lo malo es que justo detrás de colgarse la etiqueta de novia, amante o esposa, viene la rutina compuesta de una larga lista de obligaciones por cumplir. Generalmente para resolver la vida de otros. Y la rutina, todo lo mata...
PD: Gracias a quienes han apoyado a esta columna. Seguirá apareciendo con la misma periodicidad de siempre, lunes y viernes. (lunes 12 de mayo)