Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

junio 06, 2003

Amore meu

Cuando los bebés aún están en el limbo en donde esperan cuarenta semanas para venir a esta jungla de lujuria y sufrimiento, los papás de las criaturas se ocupan entre muchas otras cosas, de ponerle nombre a sus críos.
Pasan largos meses revisando el santoral, mitologías diversas, los libros especializados en denominar bebés y al final le cuelgan al niño o niña un nombre espantoso que ni le va, en ciertas ocasiones. Lo toman del personaje del mercenario de una película chafa o de una vedette de los años setenta. Los más descarados o descaradas le ponen como alguna de sus exparejas.
En fin. Nace la nena o nene y lo registran bajo su nueva denominación. Años después, ese nombre se evapora cuando la persona se consigue un novio o novia y de llamarse Santiago o Ximena, se convierten en: sapito, cosita, puchunguito, guaguis (…), manzanita, entre otros apodos que retumban en los oídos.
Nueve meses pensando en un nombre para un bebito y en dos segundos un(a)idiota lo hace polvo.
El romance tiende trampas terribles al insconsciente. Un dicho establece que uno se enamora de una persona por lo que no es y la abandona por lo que es. En el caso de los apodos cariñosos apelamos a la primera imagen idílica que se nos viene a la cabeza, arruinándole la vida a nuestra pareja en turno.
La gente se enamora de su pececito, de una ranita, de un chikistrikis, de cositas o tarrito de miel, de mi nena o nene, de la mija, de la gorda o gordo, de michita o michito.
De los tratados de zoología, recetarios de pasteles y de anatomía se conforma el imaginario de los nombres del amor.
Cuando el sentimiento acaba y la denominación romántica del principio se esfuma es cuando pececito, chikis, michita y gordo se transforman en: ese pendejo o esa puta.
El hecho de llamar a otra persona con un apodo cariñoso, costumbre bastante naca por cierto, es gusto de cada quien. Por más que eche tierra encima de quienes transforman a la pareja en un objeto, uno no se libra fácilmente de los genéricos: mi amor, mi vida, bebé (¡ash!, no sé si ese sea tan genérico) y mi cielo.
En una investigación lingüística sumamente seria que realicé buscando los nombres afectuosos, encontré ciertas categorías:
Top five cursi: fiu-fiu (si piensan que es un error de dedo en el artículo NO lo es), gosita (deformación tumorosa de la palabra cosita), turu-rú (no tengo palabras para calificar éste), pocho y pocha (apócope de esposo y esposa), chapala (lo mismo que chaparra pero dicho por un hombre hablando como tonto).
El bestiario: osito y osita, zorris, conejita, hunny bunny (ver Pulp Fiction, así se hacen llamar una pareja de asaltantes enamorados), paloma, potranquita, sapito (este apodo salía en un programa de los setentas, Hogar Dulce Hogar... me contaron, ¿eh?), ardillita, ornitorrinco de peluche, pollito, Torito (Pedro Infante), pececito, lobo (así llamaba su esposa Carol a Julio Cortázar). Este que es divino: mi pirañita. Los búlgaros utilizan como palabra amorosa cótentse (gatito).
Delicatessen: pastelito, sweetie pie, manzanita, honey (que derivado al idioma cholo es jaina), muffin, jamoncito (encantador), mon chou chou (mi colecita, en francés), beiky (galleta de sabor espantoso descontinuada en los años noventas que dio nombre al novio de alguien, alguna vez), mi media naranja.
Que brote el barrio: chaparra, gordo o gorda, nalguita, mamuchis, mi torta, chancluda, chorreada, chapis, burrito (ya saben por qué...), papi (monta papi, monta), papucho, papiringo, putitilla (tomado de un cuento de Guillermo Samperio), bruja, muñecona, hociquito de perro (este es un caso verídico, la mujer a la que le llamaban así aún debe estar en terapia).
Internacionales: lovie dovie (palomita amorosa en inglés), mílichak (cariñito en búlgaro), chérie (querida en francés), herzchen (corazoncito en alemán), amore mio (italiano), trastet (trastecito en catalán). Los chinos, tan parcos y discretos en su forma de llamarse amorosamente, limitan a decirse hermanito y hermanita cuando se refieren a sus órganos sexuales. Eso demuestra claramente por qué el pensamiento oriental está diseñado para que los occidentales no los entendamos.
El glosario romántico no posee ciencia ni frontera porque siempre será determinado por el grado de ñoñez que se haya desarrollado desde la infancia. Eso cada quien lo sabe en lo más hondo de sus entretelas y ahora mismo quien lea esto puede sentirse avergonzado o conmovido acordándose de cuando le decían princesita, paparrucha, moñito o baby bubby.
Que la cursilería no detenga a nadie, porque los nombres cariñosos no deben de ser siempre una tragedia lingüística: a veces son útiles para quienes tienen varias parejas y en un afán de no confundirse, llaman a todos cariño, cielito o amor. Por supuesto: tiene su lado pragmático. (6-junio-03)