Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

junio 11, 2003

Table dance

En México los table dances son como una extensión de las oficinas de nuestros machines y además ofrecen un espectáculo permisivo y popular que a nadie le hace daño. Los individuos van y se divierten un rato, ven mujeres exuberantes (dependiendo del antro, claro), se toman un trago y regresan contentos al hogar.
Un table dance es como el mingitorio de los varones en un estadio: cualquier mortal con pene pobre o rico (financieramente), puede entrar siempre y cuando tenga con qué. En el caso de los baños del estadio hay que hacer ciertos sacrificios como aguantar la respiración, mientras se lleva a cabo el acto de orinar. Igual pasa en los baños de ciertos tables chafas.
El ambiente promedio de un table dance es apacible. Los hombres se limitan a emborracharse, a observar (babeando en ocasiones), y a pagar bailes privados con las chicas. A lo más que llegan es a gritar dos o tres piropos sin imaginación porque están ya ebrios.
Alrededor de las pasarelas o mesas de los tables se agrupan los diferentes tipos de hombres que acuden a un antro así, como si de los círculos del infierno se tratara.
El primer círculo es de los hombres que babean la pista y que se asoman debajo de las piernas de las bailarinas, como hurgaran en los secretos de los dentros de una falda (una tierna reminiscencia de la niñez). También están los menores de edad y los borrachos necios que a fuerza intentan agarrar a las teiboleras hasta que desisten y se quedan dormidos.
El segundo círculo, en las mesas cercanas a la pista, ostenta a los turistas, los hombres de negocios que terminan la jornada en el antro; las mujeres, que son cada vez más asiduas a los table dances y los grupos que celebran cumpleaños o despedidas de soltero.
En el tercer círculo, el más alejado de la acción, están los voyeurs, o los que van a masturbarse, así como hombres muy maduros que se toman dos cervezas y luego se avientan una larga siesta, pese al alto volumen de la música. También se ubican ahí los compadres: los típicos que se emborrachan a morir, se calientan con el espectáculo y terminan yéndose al baño juntos o acaban besándose en un rincón oscuro.
El ser humano que vemos haciendo evoluciones en el tubo vestida de tanga y top, es una persona que vende su cuerpo y que lo comercializa con la conciencia de que los 500 pesos diarios que gana (sin contar copeo, privados y prostitución, si así ella lo desea) son un salario más que decente en estos tiempos.
Y que nadie se caiga de la silla porque alguien se encuera y baila por dinero, que las ballerinas eróticas tienen miles de años circulando en el planeta.
En la India algunas mujeres públicas llamadas prahmati eran una clasificación de las ganikas: cortesanas educadas en el arte de bailar y agradar.
Estas señoras formaban parte de las variedades eróticas que se fomentaban en los templos indios del siglo V antes de Cristo, y eran un equivalente a las geishas japonesas. Además de ser la créme de la créme del sexo femenino de aquellos tiempos, eran expertas, - además de hablar 18 dialectos -, en 64 abrazos eróticos, 31 posturas sexuales (¡quien me diga 5 sin parpadear en las cuales sea experto, lo mando canonizar!), en 32 maneras de agradar a los hombres (ésa es fácil), y en 72 artes tradicionales. En estos tiempos y en Occidente, los hombres se conforman con que luzcan más bien buenotas, que salgan en breve tanga y que reaccionen favorablemente al grito de guerra “¡oso, oso!”. Aunado a esto si son capaces de escalar el tubo sin caerse y romperse la espalda, ya tenemos a una bailarina profesional de alto nivel.
Quien dude de las cualidades terapéuticas de un show de table dance, pues tiene la tarea de mantener entretenido a su marido, hombre o novio innovando en el erotismo doméstico. Lo cual es una práctica noble y amorosa.
Y quien quiera ahorrarse la fatiga, pues que mande a su hombre al table más cercano. Verá mucho y de todo. Gastará quizás un equivalente a una despensa con la canasta básica, y regresará eso sí, entusiasta, feliz y agradecido.
No se pierde nada con probar. (11-junio-03)