Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

julio 03, 2003

Apolo en acción

Para mi comadre Elósegui, como prefacio a su despedida de soltera.

Es un hecho: el poder adquisitivo de las mujeres ha aumentado. La Revolución Industrial les hizo justicia y ahora la competencia fémino-macho está bastante pareja, al menos en los países en donde las damas no usan burka.
A través de los años las mujeres han ganado el derecho al voto y a ser votadas. Han emprendido carreras veloces, a veces en ventaja, y en ocasiones, en franco retraso contra los hombres. Ahora muchas tienen el poder de adquirir lo que les dicten sus ovarios: semillas para hacer a sus hijos de perfiles masculinos que ellas deciden, bolsas cuyo precio alimentaría a una familia pobre un mes y hasta nuevas caras y cuerpos que las hagan sentir más plenas.
Y como el dinero manda, también pueden comprarse hombres que las entretengan. ¿A quién le importa que los tipos se hagan llamar Machine, Flava, Romeo, Midnight Luv o Ricco? Nadie se preocupará por el nombre cuando enseñen lo que traen debajo de la tanga.
Los shows de strippers son sumamente divertidos. Después de que se supera la impresión de ver hombres perfectos en tangas deslumbrantes, sacudiendo los genitales en las caras de las espectadoras, todo lo demás es goce.
Si hay una queja constante acerca de la cosificación de la mujer en un espectáculo nudista, cuando se trata hombres semidesnudos en escena, esa simbiosis persona-objeto es más evidente.
Los tocan, desvalijan, manosean, les llenan los calzoncitos de billetes (he visto hasta bonos de despensa adornando las caderas de los bailarines) y los gozan como a paleta de hielo en primavera. El índice de bailes privados de strippers con damas es igual o mayor a los que solicitan los varones en los table dances.
Esa es una realidad: la mujer se explaya en mayor medida cuando acude a un show stripper con las comadres y las cuatas.
En el momento en que una mujer se cobija en un grupo de sus semejantes al disfrutar un show stripper viene una transformación maravillosa: siglos de educación judeocristiana caen a pedazos como el muro de Berlín. Las piernas cruzadas de las señoritas, que las institutrices cerraban a reglazos, se separan. ¡A la hoguera el libro del catecismo, al olvido el anillo de casada, al infierno todo! Que el tipo se encuere... que para eso pagué.
A decir verdad, la explosión de las emociones en ocasiones ni tiene relación con que el tipo ostente un delicioso lavadero en la panza. Ni con sus piernas y brazos llenos de músculos. Es el gen de la represión milenaria que está rompiéndose, aunque sea lumbre avivada por el combustible del alcohol. El Factor Margarita y el Síndrome Piña Colada son posibles detonantes de esa descomposición conductual.
Porque ni siquiera es un comportamiento del todo animal. En el caso de los bailes en el table dance quizás sí influye más la animalidad porque el hombre siempre busca una hembra que le guste más para la procreación. Aunque sabe que si intenta el fornicio le va a costar como dos mil pesos y ni en diez reencarnaciones una bailarina buscará tener hijos con un cliente.
Las mujeres que reaccionan como bombas racimo en un show stripper, explotan, exigen ver y tocar, saben gastar porque ganan sus dineros, por eso se traen a los bailarines como canicas en pecera. Y la verdad es que muchos de estos performers han aprendido a dejarse querer, porque está asimilado en sus mentes que la formula del aumento en la ganancia es inversamente proporcional a la duración de la sobada de tanga en los billetes.
¡Que viva entonces, el poder adquisitivo!
¡Amén! (3-julio-03)