Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

octubre 15, 2003

El libro del pene

¿Sabías que Small Etc. es un club que agrupa a hombres con penes pequeños, quienes se reúnen a conversar sobre su microgenitalia? ¿Te enseñaron en tu clase de historia que en la Grecia de la antigüedad los miembros chiquitos y finos eran lo máximo y los grandes eran considerados de suma ordinariez? ¿Habías escuchado el rumor de que los gays son los mejores ejecutantes del sexo oral (dato no comprobado científicamente)? ¿Sabes de alguien que se haya desmayado al ver un pene grande, como sucede con las ancianas turistas que ven la imagen del dios Príapo, a quien representan en las pinturas de Pompeya con un armamento muy poderoso? Todas estas maravillas como de documental de National Geographic están reseñadas en El libro del pene, de Maggie Paley, bajo el sello de Planeta. Su aventura al escribir este libro me resultó demasiado divertida e interesante: no solamente comprobó con datos que en mayor o menor medida el centro del universo masculino está basado en el pene, como ya sabemos, sino que nuestra sociedad se ha erigido cómo una falocracia: el miembro rige, manda hace las leyes, dicta las normas, costumbres, valores, tradiciones y hasta construye sus monumentos, edificios y naves espaciales en forma de falo. Hemos vivido a través del tiempo bajo la glorificación del miembro masculino. Lamentablemente, a la mayoría de los hombres les importa demasiado el poder que emana de su pene. Si no funciona bien, a ellos se les cae (además...) su universo. Habitamos un mundo falocrático que a duras penas se sostiene, con Viagra y todo, que hace su lucha para subsistir como tal. Maggie se metió a fondo en el tema. Derrumbó mitos y puso en el escaparate a los penes de los famosos (Ya saben, quién la tenía grande, pequeña, curvada, con circuncisión, etcétera). Pese a este exhaustivo trabajo de investigación, ella nunca perdió esa latente incomodidad que le da a todo mundo cuando habla de la genitalia masculina. Incluso menciona que tras el moche que le hizo Lorena Bobbit a su marido, la palabra pene no estaba en la palestra norteamericana, por ejemplo. Bastó un cuchillazo para que el signo, significado y significante de pene saltara a la luz pública (tal y como sucedió con el miembro de John Wayne Bobbit, pero a través de la ventanilla del coche en pleno movimiento de su esposa). Lo cierto es que mientras este mundo se puebla de eufemismos para nombrar al pene y se hace como que éste no existe (¿hace cuánto no ven uno publicado en una revista o en un anuncio?, de publicidad no pornográfica, claro), en las civilizaciones antiguas el culto al falo era tan común como ahora las posadas o cualquier celebración ritual masiva de hoy. Los griegos tenían sus hermas, que eran unas estatuas dedicadas al dios Hermes que delimitaban territorios y hacían las veces de señalamientos. Estaban dedicadas al dios Hermes, que significa pene en griego. Los egipcios construyeron obeliscos y tenían cultos sagrados al falo. El cristianismo erradicó al culto a los dioses fálicos de algunas culturas, pero pronto se popularizó la existencia de santos como Foutin, Gil, Arnaldo y Guignole, que, se creía, poseían poderes curativos contra la esterilidad. Las mujeres les raspaban sus penecitos erectos hechos de madera y se tomaban el polvo diluido en agua para volverse fértiles o se los daban a sus parejas buscando la potencia sexual. Las figuras de estos santos, con el tiempo, se volvieron los desfloradores de las esposas vírgenes. Y de ahí viene uno de los orígenes de los consoladores, dildos y vibradores de nuestra época. Aquellos santos, en cierta forma, provocaron el gusto por el uso de juguetes sexuales.El pene en la moda, en las películas, en la literatura, en la religión, en el imaginario público y privado hacen su aparición en el libro; los sinónimos que nombran al miembro son enunciados; incluye historias fabulosas de los penes de personajes célebres de la música, de las letras y de la historia (la de Rasputín medía 33 centímetros... el angelito; si le restamos esos 10 que pertenecen a la leyenda, como quiera sigue estando bien armado). La parte sensible del libro es la que habla de castración y circuncisión (¡ouch!, cositas). La tradición circundatoria más eeeekkk, es la de los nandis en Africa, que lo hacen pasando por el prepucio un hierro candente mientras jalan la piel. Se les aplica grasa de ubre a la herida. Si el infortunado grita, lo atraviesan con una lanza. Luego lo mandan a una cabaña con otros del mismo equipo durante seis meses a que se les pase el susto y su pene sane. Ni les cuento, compadres, de una ceremonia de los aborígenes australianos que es tan sangrienta que le llaman “la menstruación de los hombres”, ni del desollamiento de penes en Camerún. La lectura de este libro es amena y hace gala de cierta picardía. Yo le agregaría el "Capítulo México: el pene como protagonista del albur, como herramienta de sometimiento de mujeres y compadres, así como sistema de medición y cualificación para todo, en especial cuando se encuentra en erección". Las conclusiones de Maggie Paley son claras: el pene otorga poder y mueve a este mundo que todavía funciona como un patriarcado de miembros alicaídos. Largo o pequeño, bonito o feo, curvado o recto, con circuncisión o sin ella, de oriental o de negro, el pene será siempre como un haz de luz que hipnotiza a hombres y mujeres con su magnetismo y misterio.