Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

octubre 21, 2003

Que se maten solos (I)

Desde que amanecía, la guerra silenciosa era evidente: no se hablaban ni les interesaba comunicarse. Vivían el estadío de la relación en donde la otra persona se vuelve un mueble molesto que en cualquier rato va a la calle para ser vendido o regalado. Daba igual.Llevaban así seis meses. Durmiendo separados, sin tener contacto de ningún tipo y cada quien acostándose con quien se le atravesaba. Él, de una cama a otra, perseguía a cualquier mujer que tuviera poco tiempo de haber dejado la adolescencia. Ella seguía acostándose con el mismo tipo a quien nunca dejó de ver aunque fuera ocasionalmente: los hombres son infieles más veces, pero las mujeres mejor, como dice Joaquín Sabina.En las madrugadas él visitaba la cama de ella para besarle las piernas, quizás cuando la cacería en los table dance había sido pobre. Ella siempre fingía estar dormida.La indiferencia se volvía significante entre ellos, quienes no sabían en qué rincón de la casa había quedado el amor, o el simulacro del mismo, que los había llevado a juntarse. El motivo para reunirse bajo un mismo techo nunca había quedado muy bien definido, porque ciertamente el sexo no se discute ni se cuestiona cuando la calentura rebasa: los cuerpos se funden y después se averigua el nombre. Luego vinieron las conversaciones, los poemas y las coincidencias. El tiempo de las citas comenzó a ser insuficiente ante lo que parecía galopante.Se casaron. Ella asistió a una boda en donde no conoció a la mitad de los invitados. La unión se hizo oficial cuando los cepillos de dientes de ambos estuvieron en el mismo vaso en el lavabo del baño. Así había empezado la historia que ya no sería más.El hilo que parecía invisible y que eslabonaba la indiferencia se rompió por lo más delgado. Él, por error, la dejó encerrada en casa creyendo que no estaba. Se llevó las llaves. Ella gritó a los vecinos en vano, y cuando por fin pudo localizar por teléfono al marido, éste tardó un lapso que se le antojó una eternidad para quitarle la llave al cerrojo.Al día siguiente ella anunció que se iba. El decidió que ella se quedaba. Que ambos permanecerían. Dios estuvo presente en la boda y del padre Aureliano emanó la voluntad divina: esa unión era para siempre... La energía contenida explotó en todas direcciones y de la tensa agresión silenciosa se pasó a combatir al otro cuerpo a cuerpo: se volvió regla la violencia.Hasta ahora, no se han divorciado.Y el problema no siempre es el divorcio… Es el matrimonio. Casarse equivale a comprar un boleto para una función de permanencia involuntaria en una película que no todos están convencidos de querer ver.Las religiones son las responsables de la propagación de algunas de las peores epidemias morales (e inmorales) y ahora la Iglesia católica chilena está promoviendo una iniciativa de ley para que los pobres creyentes de aquel país se casen con la opción de matrimonio indisoluble. Es decir, sin opciones. Como Chile es un país que no acepta el divorcio, el cardenal arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, sugirió que las parejas próximas a casarse tengan la alternativa de sujetarse al yugo eterno del matrimonio. Si son católicos. Y con opción de divorcio si se profesa otra fe. El clero chileno apuesta por el matrimonio indisoluble, pero esa rebuznancia eclesiástica nos remite directamente al catecismo memorizado en interminables sesiones desde la más tierna infancia. ¿Qué no se supone que el matrimonio, como sacramento, quedó establecido por la Iglesia como un vínculo para toda la vida que lo une Dios y no puede romperlo el hombre?Dios y sus representantes median entre él y ella. No se han divorciado. No se necesitan leyes para que mucha gente asuma para siempre una vida en pareja que no quiere vivir, pero que ya escogió ante un público que aprobó con ovaciones la unión. Allá ellos.