Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

diciembre 15, 2003

Ser virgen

Gracias madrecita, por ese caldo de res que me salvó de una enfermedad mortal llamada cruda.

Exvoto a la virgen

Cuando la mamma dice que la virginidad hace valer a la mujer sólo una vez en la vida, está citando de manera inconsciente a Sigmund Freud, quien en su ensayo "Tabú de la Virginidad" establece que las damas tasan su dignidad en ese valor, de acuerdo a un juego de poder y dominación que se establece del hombre hacia la mujer.Para el individuo resulta ser la conquista de un territorio que ha sido vedado a otros por parte de la virgen, y pues él cuando estrena la florecita a la criatura está delimitando su propiedad alrededor de la hembra. Como cuando los perritos orinan sus postes.Es muy interesante hablar sobre una palabra que de inmediato me remite al aceite de oliva: había olvidado que se aplica a los seres humanos también. En el encuentro anterior que tuvimos en esta columna les comenté que el sexo es sobrevalorado. Con la virginidad sucede lo mismo.La opción de vivir virgen y de abstenerse de fornicio es también una tendencia de cierto grupo de jóvenes menores a los 25 años quienes buscan protegerse del sida, de las enfermedades de transmisión sexual, de relaciones fallidas, o porque su religión les dice que mantenerse castos les asegura el ávido premio por el que concursaron toda su vida a través del ejercicio religioso.Es respetable la vida en castidad. Es una opción muy válida para quien busca y espera mantener una práctica sexual basada en la monogamia y la fidelidad. Y sobre todo cuando ambas personas en pareja se ofrecen su virginidad. Lo cual sucede muy poco. Es una rara avis la equidad en la oferta de castidad para los recién iniciados en la vida en pareja.La virginidad es a la mujer. Y en el hombre pues la virginidad más apreciada es la que se guarda celosamente en su puerta trasera. Ser casto es un término que se ha ceñido exclusivamente a las mujeres desde el principio de los tiempos.Lo más aberrante de la virginidad es que siempre resulta ser una monserga y tema de debate: porque se tiene y porque no se tiene.Por ejemplo, las culturas primitivas le conferían a la virginidad valores altísimos, tanto, que quien desfloraba a la muchacha en las uniones “matrimoniales” por llamarlas de un modo, era un sacerdote o el mismo padre de la desposada.Es decir, era una boda en las que el novio no iniciaba el descorche (práctica de uso común en todo el mundo ahora, nadie se casa cast@). La virginidad era arrebatada bajo un procedimiento manual o con un coito con un tercero autorizado por los hombres del pueblo (¡ash!) y en ese momento habilitaban a la novia en sus funciones de mujer y a la vez, la despojaban del “horror” de ser virgen. Además como esos rituales se llevaban a cabo bajo prácticas más o menos barbáricas, siempre había sangre, ergo ésta ha sido relacionada con la virginidad. Esos mitos ridículos de que le tienes que llevar la sábana enmorongada al padre y al resto de los borrachos convidados a la fiesta de bodas, son avalados por prácticas primitivas.La virginidad es un invento de un grupo de austrolopitecus que se orinaban de miedo cuando caía un rayo en su aldea. No entendían a las mujeres ni sus procesos naturales y pues era mejor mantenerlas en el aislamiento y someterlas a una serie de rituales para “purificarlas” antes de darles mate. Ni hablar del horror que les provocaba a ellos el arribo a la menstruación…(Es más horror que no llegue la regla)Si la virginidad es un tabú, ahora también resulta que la no virgen no solamente carga encima otro tabú, sino el calificativo de puta.La tolerancia de nuestros pueblos ha permitido que las mujeres “regalen” su virginidad a quien les pegue la gana y poco a poco, (espero y deseo) han dejado enlatados los prejuicios sobre este valor que no confiere categorías ni estatus a ninguna mujer. Gracias a esta nueva visión (y devaluación) de la condición casta, la virginidad que antes una chava perdía envuelta en los vapores de los prejuicios, ahora lo hace ahogada en la bruma del peligro, si no lleva a cabo una sexualidad responsable y con toda la protección necesaria.De aquellos pueblos primitivos que deificaban a la virginidad queda casi lo mismo, solamente que ahora hay una gran cantidad de dioses y religiones que explican el por qué, cómo y por dónde de cada cosa.De la virgen que horrorizaba por su condición hemos pasado a la no virgen quien también causa horror… y también a la preservación de las prácticas bárbaras, porque algunas mujeres, seres de insondables recursos, han logrado mantener su virginidad vaginal permitiendo solamente el sexo anal a sus parejas.

Es too much…

diciembre 04, 2003

Estrategia, pura estrategia

Eso de enamorarse no es más que un proceso bioquímico, al principio. Hay una sustancia —de hecho, ¿eh?— que produce la felicidad en el cuerpo. Somos entes bioquímicos, no se vayan con la finta, es vil calentura, pura química y deseo cochino. El cuerpo se estimula y secreta aditivos que nos hacen amar y luego adjudicamos este fenómeno a un músculo que es el corazón. O sea pura bull shit. Nos enamoramos porque canasteamos nuestras hormonas al punto en que las convencemos de que el cuerpo necesita esa otra piel para recorrerla, besarla, lamerla hasta el punto de escaldar la lengua. Pero todo este proceso es idéntico a la reacción de cuando comemos chocolate. Está comprobadísimo que éste aporta al cuerpo una sustancia similar a la que nos provoca la felicidad. O enamoramiento o enculamiento, ¿qué se yo?, pónganle ustedes el nombre. La teobromina, un estimulante que se produce cuando comemos chocolate, aumenta los latidos del corazón. Punto número uno. Este compuesto nitrogenado (no se pierdan, la teobromina) estimula el tono cardiaco después de que el hígado ya lo procesó. El cerebro recibe la señal de ponerle la tambora y el niño perdido al corazón. Punto número dos, ahí está, bioquímica manda a cerebro, mente controla o descontrola corazón.Por ello la estrategia... si el enamorarse no es bien manejado, nos quedamos como vegetales en friega haciendo la fotosíntesis. Y a la larga, la bioquímica resulta aburrida. Por Dios, si digo citen a 5 filósofos célebres, hasta un reportero de espectáculos los nombraría (dos de ellos podrían ser marcas de carros alemanes, pero bueno, andarían cerca). Pero nadie, citaría los nombres de cinco bioquímicos famosos. Además, si resulta pura bioquímica, eso aquí y en Arteaga, Nuevo León se llama calentura.Prosigo. Enamorarse resulta ser un proceso que tras el destanteamiento corporal debe ser analizado y evaluado de manera que cierta estrategia funcione para llevar más allá del laboratorio hormonal ese estado idílico. Me explico. Ya te enamoraste y el oponente está en las mismas. Después de la etapa romántica (dos o tres meses en que la vida es una estación floral, de luna piena y en la cual puedes besar y ser besado sin dejar de decirse que se aman), viene el momento de erotizar. El chido. Explorar al ser amado. Valles encantados, llanuras interminables para labios que no se cansan, lagos cristalinos. Te bebes su maná y el ser deseado(a) se bebe el vino de tu mejor cosecha. Ya no es romántico solamente: es sensual (Solamente pocas personas inteligentes nos saltamos la etapa ñoña y pasamos directamente a la fiesta de los sentidos, pero eso es cuestión de pragmatismo).La piel se mantiene en comunicación constante con la otra piel. No te cansas, no llenas, te parece poco e injusto (alguna vez habrá que ir a trabajar o al baño, ¿qué se yo las perversiones de cada quién?). Si el trenzamiento de cuerpos (el monstruo de dos espaldas diría Shakespeare) resulta ser la estancia en el paraíso (bíblicamente hablando); señores, señoras, pelada, fácil resulta el camino hacia el enamoramiento intelectual si se añade: una buena conversación, confianza y desprendimiento y cero sentido de la posesión. Ahí es donde se debe aplicar la estrategia porque el “amor” es una palabra que invariablemente remite a guerra, negociación, diplomacia...Tarea: lean a Sun Tzu o a Machiavelo. He dicho

diciembre 01, 2003

No te quemes

El sexo es un tema que en todos los ámbitos está sobreestimado. La actividad que es inherente a la reproducción y mantenimiento de la especie aún sigue siendo tema de debate y controversia por todo lo que implica hablar de ello. Desde hace siglos, el sexo está confinado a los espacios íntimos y cerrados, porque hablar de ello implica revelar las entrañas de la sociedad. Existimos porque el sexo existe, entonces, ¿por qué tiene que seguir abordándose desde el oscurantismo? Incluso el aspecto picaresco y morboso del sexo es un sinsentido. ¿Por qué hay que ponerle dobles sentidos y picardía cuando se habla de ello? O, en el otro extremo, ¿por qué tiene que ser un tema escabroso? Y más en el caso de las mujeres. Las libertades sexuales que hemos obtenido o peleado y debatido, siguen siendo una cuestión sumamente controvertida. En todo el mundo el sexo está reglamentado, por decirlo de alguna forma, hacia nosotras. La mujer que vive su sexualidad de una forma plena, sin ocultarlo ni reprimirlo, escogiendo sus parejas sexuales a voluntad y eligiendo si se reproduce o no, termina siendo llamada puta. Término que tampoco tiene ningún sentido y que como insulto, realmente no funciona si lo tomamos literal. Puta es el término despectivo y coloquial para una trabajadora sexual, la dama que cobra por sus favores sexuales, oficio que se ha ejercido desde el inicio de la civilización y que jamás dejará de existir mientras existan hombres. La mujer que disfrute su sexualidad y el ejercicio de la misma de la forma que mejor le parezca, es simplemente una persona tomando decisiones que le competen solamente a ella misma: con sus propias restricciones individuales y bajo su propio riesgo. Hace poco una amiga me contó que uno de sus compas le recomendó que, ya que estaba soltera y decidía con quién se acostaba y el momento y lugar para hacerlo, debía hacerlo de forma discreta, sin muchos aspavientos y sabiendo con quién se metía. Ella no hizo mayores comentarios a su amigo, dado que él se mostraba preocupado por las acrobacias sexuales de ella. Pero pensó, ¿y a ti que te importa quién se meta bajo mi falda? “No te quemes”, fue la consigna de promesa del infierno que el amigo enunció, en un acto, de genuina preocupación y de involuntario machismo. El libro La vida sexual de Catherine M., editado por Anagrama, es un claro ejemplo de que ésta autora Catherine Millet, no tuvo un amigo preocupado por cuidarle la genitalia de los depredadores sexuales. Al contrario, Millet contó con una fila de amigos proveedores de amantes que la llevaban a los lugares a donde ella pudiera ejercer el sexo como deporte o como hobby. Fue un acto voluntario y de ejercicio de libertad que ella realizó como dueña de su cuerpo. Abro una página del libro al azar y cito: “Si oyese decir de mí ‘folla como respira’ asentiría tanto más gustosa cuanto que la expresión podría entenderse en un sentido propio. Mis primeras experiencias sexuales, y muchas otras posteriores, estuvieron situadas en entornos que inducen a pensar que el oxígeno actúa sobre mí como un afrodisiaco”. Las mujeres poseen el derecho de acostarse con quien lo deseen, cuántas veces crean conveniente y asumiendo los riesgos y beneficios que esta actividad pueda ofrecerles. Esto no quiere decir que todas las mujeres seamos víctimas de una represión constante ya que existe el estimulante de la pasión femenina que nos lleva a ocupar cuantas camas nos parezcan adecuadas para satisfacer nuestros deseos. Pero a esta pasión se opone en la mayoría de las veces la zanja de la moralidad y la convención tradicional dominada por los hombres que no apoyan del todo abiertamente una conducta sexual compulsiva (o no tanto) en el sexo por parte de las mujeres. Si añadiera a esto el lugar común de que a los hombres se les permite ejercer su sexualidad como mejor les parezca, reventando su genitalia con cuanta mujer les plazca, asumiría el papel de víctima de mujer reprimida por ellos mismos, cosa que jamás ha sucedido. No se trata de aplicar el “dime con cuántos te acuestas y te diré qué eres”, ni para hombres, mujeres, gays, bisexuales, lesbianas o heteroflexibles. Sin duda hay muchos hombres que respetan las libertades sexuales de las mujeres y espero que lo hagan con una genuina conciencia de dejar hacer y pasar, porque son decisiones que nunca debieron ser de su competencia. Cada quien haga en el sexo como pueda, con quien pueda y en el momento que lo desee, porque este mundo ya no da cabida a una manifestación más de represión. En la libertad de elección y goce de lo que se decida, está el gusto...

A quienes les guste la idea, los invito a enviarme por correo electrónico a ivaginaria@todito.com, una breve narración sobre su experiencia de iniciación sexual, oséase, la vez que destaparon la champaña... Las historias serían publicadas, sin nombres ni correos, como una simple curiosidad antropológica.