Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

diciembre 01, 2003

No te quemes

El sexo es un tema que en todos los ámbitos está sobreestimado. La actividad que es inherente a la reproducción y mantenimiento de la especie aún sigue siendo tema de debate y controversia por todo lo que implica hablar de ello. Desde hace siglos, el sexo está confinado a los espacios íntimos y cerrados, porque hablar de ello implica revelar las entrañas de la sociedad. Existimos porque el sexo existe, entonces, ¿por qué tiene que seguir abordándose desde el oscurantismo? Incluso el aspecto picaresco y morboso del sexo es un sinsentido. ¿Por qué hay que ponerle dobles sentidos y picardía cuando se habla de ello? O, en el otro extremo, ¿por qué tiene que ser un tema escabroso? Y más en el caso de las mujeres. Las libertades sexuales que hemos obtenido o peleado y debatido, siguen siendo una cuestión sumamente controvertida. En todo el mundo el sexo está reglamentado, por decirlo de alguna forma, hacia nosotras. La mujer que vive su sexualidad de una forma plena, sin ocultarlo ni reprimirlo, escogiendo sus parejas sexuales a voluntad y eligiendo si se reproduce o no, termina siendo llamada puta. Término que tampoco tiene ningún sentido y que como insulto, realmente no funciona si lo tomamos literal. Puta es el término despectivo y coloquial para una trabajadora sexual, la dama que cobra por sus favores sexuales, oficio que se ha ejercido desde el inicio de la civilización y que jamás dejará de existir mientras existan hombres. La mujer que disfrute su sexualidad y el ejercicio de la misma de la forma que mejor le parezca, es simplemente una persona tomando decisiones que le competen solamente a ella misma: con sus propias restricciones individuales y bajo su propio riesgo. Hace poco una amiga me contó que uno de sus compas le recomendó que, ya que estaba soltera y decidía con quién se acostaba y el momento y lugar para hacerlo, debía hacerlo de forma discreta, sin muchos aspavientos y sabiendo con quién se metía. Ella no hizo mayores comentarios a su amigo, dado que él se mostraba preocupado por las acrobacias sexuales de ella. Pero pensó, ¿y a ti que te importa quién se meta bajo mi falda? “No te quemes”, fue la consigna de promesa del infierno que el amigo enunció, en un acto, de genuina preocupación y de involuntario machismo. El libro La vida sexual de Catherine M., editado por Anagrama, es un claro ejemplo de que ésta autora Catherine Millet, no tuvo un amigo preocupado por cuidarle la genitalia de los depredadores sexuales. Al contrario, Millet contó con una fila de amigos proveedores de amantes que la llevaban a los lugares a donde ella pudiera ejercer el sexo como deporte o como hobby. Fue un acto voluntario y de ejercicio de libertad que ella realizó como dueña de su cuerpo. Abro una página del libro al azar y cito: “Si oyese decir de mí ‘folla como respira’ asentiría tanto más gustosa cuanto que la expresión podría entenderse en un sentido propio. Mis primeras experiencias sexuales, y muchas otras posteriores, estuvieron situadas en entornos que inducen a pensar que el oxígeno actúa sobre mí como un afrodisiaco”. Las mujeres poseen el derecho de acostarse con quien lo deseen, cuántas veces crean conveniente y asumiendo los riesgos y beneficios que esta actividad pueda ofrecerles. Esto no quiere decir que todas las mujeres seamos víctimas de una represión constante ya que existe el estimulante de la pasión femenina que nos lleva a ocupar cuantas camas nos parezcan adecuadas para satisfacer nuestros deseos. Pero a esta pasión se opone en la mayoría de las veces la zanja de la moralidad y la convención tradicional dominada por los hombres que no apoyan del todo abiertamente una conducta sexual compulsiva (o no tanto) en el sexo por parte de las mujeres. Si añadiera a esto el lugar común de que a los hombres se les permite ejercer su sexualidad como mejor les parezca, reventando su genitalia con cuanta mujer les plazca, asumiría el papel de víctima de mujer reprimida por ellos mismos, cosa que jamás ha sucedido. No se trata de aplicar el “dime con cuántos te acuestas y te diré qué eres”, ni para hombres, mujeres, gays, bisexuales, lesbianas o heteroflexibles. Sin duda hay muchos hombres que respetan las libertades sexuales de las mujeres y espero que lo hagan con una genuina conciencia de dejar hacer y pasar, porque son decisiones que nunca debieron ser de su competencia. Cada quien haga en el sexo como pueda, con quien pueda y en el momento que lo desee, porque este mundo ya no da cabida a una manifestación más de represión. En la libertad de elección y goce de lo que se decida, está el gusto...

A quienes les guste la idea, los invito a enviarme por correo electrónico a ivaginaria@todito.com, una breve narración sobre su experiencia de iniciación sexual, oséase, la vez que destaparon la champaña... Las historias serían publicadas, sin nombres ni correos, como una simple curiosidad antropológica.