Ivaginaria, de Elia Martínez-Rodarte.

Una columna de sexo y relaciones. Todos los textos: Copyright © Elia Martínez-Rodarte 2005

marzo 09, 2005

Misandria o la vagina dentada

Alguien haga algo por favor. Este mes se celebra el sobado y ñoño Día de la Mujer, que por lo demás forma parte de las cursis efemérides que todo mundo enaltece, pero que carecen de verdadero significado y sobre todo, de trascendencia en el decir y hacer del ser humano. No se traduce ni en comportamientos o actitudes éticas en favor de los derechos de las mujeres y mucho menos en sus obligaciones. Las batallas que ganemos como viejas, nos seguirán costando a cada una de nosotras como individuas una por una, o bien, cuando se logren pactos soróricos que de vez en cuando surgen con contundente éxito. No hay alianza más firme que la de dos personas convencidas de una misma causa, y más si son del género femenino. Son pactos afortunados y muy fuertes.

Trepado en el oleaje que arroja la efeméride del Día de la Mujer, se organizó hace un año la llamada Marcha Masculina, encabezado por Lorenzo Da Firenze y un grupo de señores que han escrito un manifiesto que tod@s estamos obligados a leer por contener ideas sumamente divertidas. Hagan de cuenta que están leyendo los ideales de una turba masculina y furiosa contra la efigie de Paquita la del Barrio. Critican a las feministas, dicen que las viejas ya perdimos la feminidad, que no somos buenas madres, ni esposas, que nada más les lanzamos oprobios a los pobres hombres y que vamos rumbo a una machorrización y bigotización de la mujer (o sea mande, en la era de la cera y le electrólisis eso es un pecado enorme).

Hay que admitir que las feministas, mis amigas y compañeras de borrachera muchas de ellas, a veces se salen del calzón. Pero hay de casos a cazos. Dos de mis mejores cuatas son feministas, de esas que se saben el manual y le leen la mente a la Beauvoir, a la Pinckola, Sor Juana, Safo y demás vaginas poderosas. Pero se caracterizan por su tolerancia y agudos argumentos que defienden su postura sin menoscabar la ajena. Así como tengo otras conocidas feministas que escudan sus muchos traumas existenciales tras la bandera de la teoría de género, que más bien les sirve como un argumento a esgrimir ante el hecho de que un hombre o mujer no se les acerca ni para pedirles la hora, en especial cuando hablamos de relaciones sentimentales.

Pero así como el mundo masculino está polarizado entre los que tienen sexo y l@s difunt@s, al feminismo radical se le opone el movimiento de la marcha masculina, plagado de señores socavados que ya no hayan en donde colgar el mandil y tampoco encuentran la forma de defenderse de las perras mujeres que los someten. Ya ven cómo son las viejas...

En otrora quizás solamente lanzaría mis proverbiales risotadas ante la lectura del manifiesto de los penes oprimidos, pero cuando se me congeló la sonrisa fue cuando leí lo siguiente:

“Hay más intolerancia en las mujeres que en los hombres. Nosotros entendemos sus inquietudes y desavenencias; las mujeres se rehúsan a acoger con comprensión nuestras preocupaciones causadas por el tsunami social que están provocando las feministas, las femichistas y las femimachas. Hable usted con cualquier mujer: ninguna le confesará ser feminista. Casi todas lo son”.

¿A quién se le ocurre en su sano juicio decir que todas las mujeres somos feministas?, ¿la violencia que generan los hombres sobre las mujeres refleja la intolerancia que nosotros arrojamos sobre ellos?, ¿usaron la palabra tsunami porque está in fashion tras el lamentable fenómeno natural que arrasó con tanta gente en Asia?
Este movimiento de ultraderecha está saliéndose, intelectualmente, de la trusa. De verdad que no me importa que el grupo de la marcha masculina salga a la calle a pedir que no les lanzen el palote de las tortillas cada vez que planchen mal la ropa, no tengo problema con su derecho de expresarse. Pero una generalización tan ligera y sin fundamentos, y que me agrede a mí, - escribidora, no feminista, exfumadora, fuerte como leona y suave como gaviota-, no me parece justo.

No señores, yo no ataco a ningún hombre y ese manifiesto me ofende en mi calidad de dama, de señora, de madre de familia y de presidenta de varios patronatos que no solamente defienden los derechos de los hombres, sino que nos otorga facultades para mantenerlos económica, moral, ética, intelectual y hasta hormonalmente.
Y sigo con la casa de citas:

“Parte de la conspiración feminista consiste en inventar para el hombre nuevos mitos psicológicos como la andropausia, y nuevas exageraciones que rayan en lo paranoico -la disfunción eréctil- para debilitarnos y contagiar al varón con las molestias de sus menarcas, menstruaciones y menopausias. Parte de la conspiración feminista es desinflarle el falo al hombre. Señores, no existen más impotentes que celulíticas y feas. La tal disfunción es función directa del displacer sexual que la pareja causa en su compañero. La sociedad les tuerce la mano a los hombres por ser misóginos, ¡pero basta de mujeres misándricas y mensajes hembristas y humillantes al hombre!”

Este argumento es de mis preferidos. La andropausia existe. Al hombre también se le bajan las pilas y es normal que a cierta edad la testosterona vaya disminuyendo gradualmente hasta que de aquel hombre gallardo, ígneo y émulo de Apolo en llamas, solamente quede el zurrón. Es parte del proceso de la vida.

La disfunción eréctil no es un mito psicológico. Pocas veces afortunadamente, he sido testiga presencial de ese mal. Lo he vivido, sufrido y he devuelto al problema a la calle en donde lo levanté o a su casa. Y créanme tampoco es causa de disfunción que la mujer sea poco favorecida por los dones de natura: cuando a un hombre tiene hora pico en los cuerpos cavernosos de su pene y no quiere levantar, ni un tsunami de placer causado por odaliscas deliciosas lo hará. Hay causas médicas, fisiológicas, psicológicas y muchos sustos en la niñez que ocasionan la disfunción eréctil. Y con tanto fármaco como Cialis, Viagra, Levitra y hasta un chiquiador de tuétano se resuelve el problema.

Otra: que yo sepa a ninguna mujer heterosexual por más conspiradora que sea, le gusta la idea de desinflarle el falo a un hombre. Se supone que inflado es cuando es más divertido y juguetón. Dios los bendiga. Y por último quiero ver la estadística que sostiene que hay más mujeres celulíticas y feas que impotentes. Eso me gustaría verlo. Es un dato tramposo porque ahora la celulitis en cualquier spa te la planchan y las feas con dos tres brochazos de pintura quedan a gusto. Pero un pene con problemas necesita atención permanente para componerse y cumplir.

Una última cita:

“Las mujeres ya están aquí -y no traen besos y sonrisas. Se acercan con bats (sic) y cazuelas”.

Completamente incorrecto. Creo que todas las mujeres en este país al menos, somos toda risa y castañuelas, y por mucho besuconas y algunas hasta bastante cariñosas y complacientes. Que ellos se hayan liado con el ala amarga de las mujeres de la ultraderecha, cuyas vaginas acolchadas sueñan con el rigor de un pene no desinflado y con un tsunami de sensaciones eróticas, es algo muy aparte. Y el argumento de los bats (sic) no quiero rebatirlo, porque mi abogada me ha prohibido volver a tocar un bate aún en palabra, obra u omisión. Además la palabra misandria, no existe. La marcha masculina se llevará a cabo el 20 de marzo de 2005 y estoy segura que será algo digno de verse.